Tips para verte y sentirte mejor

Picaduras nocturnas, alivio contra una chinche voraz

No conozco bicho más truculento que este.  Lamentablemente hablo por experiencia propia.  Hace ya algunos años me operaron aquí en CDMX.  Fue un procedimiento programado, coordinado con mi seguro, con un excelente médico y en un hospital catalogado de primera línea en esta ciudad.

Durante los primeros días de la recuperación estuve tan enfocada en hacer todo al pie de la letra, que la verdad perdí muchas otras cosas de foco.

Aproximadamente una semana después me noté unas picaduras de insecto cerca del tobillo.  Como una de las indicaciones del doctor había sido caminar mucho, salía a caminar por todo Polanco, tanto como mi cuerpo post-cirugía aguantara.  A veces caminaba durante horas y como fue por esta misma época, regresaba a casa después del atardecer.  Por esto imaginé que había sido picada por mosquitos normales, un zancudito vulgar, un mosco común y corriente.  ¡Ay, pero picaba mucho! ¡Qué le vamos a hacer!

Como siempre, ingenua, seguí portándome bien con las caminatas, pero antes de salir me rociaba con repelente para evitar las molestas picaduras.

Transcurrieron días sin sorpresa, pero una mañana amanecí con dos ronchas desgraciadas,´al costado de la rodilla, enormes, inflamadas, rojas como agüita de jamaica. ¡Qué picazón!  La inflamación era tanta que la pierna se sentía caliente y dolía.  Me provocaba rascarme hasta romperme la piel.  De hecho fue inevitable lastimarme.  La comezón no se soportaba.  Inmediatamente pensé: ¡Soy alérgica a los mariscos, mi vida se acabó!  ¿O fueron las fresas? ¡Estoy condenada!  Llené el chat familiar de fotos de ronchas, pidiéndole ayuda a mi sobrina doctora.  Ella descartó la posibilidad de una alergía.  -«Las alergias no funcionan así, abarcan áreas mucho más grandes, no me hace sentido.  Algo te picó.»

Seguí mis caminatas diarias, pero ahora rascándome las ronchas que parecían haberse convertido en una sola.  Pasaron varias semanas.  Compré calamina.  Nada cambió.  Me lavaba con vinagre de manzana (remedio casero del internet).  Nada cambió.  Reforcé mi uso de repelente.  Todo igual.  Las ronchas eran ahora una enorme y abultada bola debajo de la piel.  Donde me rasqué, una enorme costra supuraba agua.  La mejoría era nula.

Una mañana, semanas después, otras dos o tres ronchas infernales en la espalda.  Mismo caso.  Volví a revisar mentalmente todo lo que había comido la noche  y el día anterior, pensando lo triste que sería tener que dejar de comer alguno de mis alimentos favoritos.

Pasaron dos semanas, el ataque ahora fue en la cola, dos ronchas enormes que no dejaban ni sentarme.

Consulté con el doctor.  Alguno de los medicamentos post quirúrgicos me estaba afectando.  El doctor descartó la posibilidad de una alergía a un medicamento, igual que mi sobrina.

Desesperada, logré que una amiga me ayudara a sacar una cita con un reconocidísimo dermatólogo amigo suyo.

Me atendió casi como si fuera una emergencia.

Miró por un segundo y me dijo con seguridad: ¡Chinches!  ¿Has estado en alguna camilla de hospital o en algún hotel?

Puntos suspensivos…

Averiguar lo que era fue lo más complicado.  Las malditas atacan solo cuando les da hambre, y como son voraces al comer, pueden pasar semanas sin que te piquen, así que me resultaba mucho más dificil recabar las pistas para resolver el misterio de las ronchas.

Investigué todo sobre las chinches.  Viven en las camas, sobre todo en lugares muy públicos.  Pueden pasar meses sin necesitar picar, por lo que se esconden en las endiduras de los colchones, la ropa, las cobijas o las grietitas de la madera.  Solo salen de noche y pican más de una vez, una picadura al lado de otra.  Por esto las ronchas suelen presentarse de a dos o en pequeñas cascadas.  Son dificiles de fumigar porque una vez que se mudan a tu casa, encuentran su escondite, que puede ser el bolsillo de cualquier prenda de vestir, y no las encuentras más.

Saber lo que eran fue un alivio.  Pero encontrar quién me fumigara la casa fue dificil.  En cuanto les decía «chinches», me colgaban el teléfono.  Ok, tal vez no tanto, pero no se hacían cargo.  Finalmente encontré al fumigador valiente.  Me hizo firmar un contrato en el que él libraba su responsabilidad y me obligó a contratar dos fumigaciones completas, la segunda 30 días después que la primera.

Tuve además que seguir una serie de procedimientos para aislar la ropa fumigada en bolsas y no usarla por meses.

Nunca ví a la chinche voraz, pero puedo decir que me dejó marcada por muchos, muchos meses.

Por supuesto, me sucedió en una época en la que aún no me reconciliaba con mis aceites esenciales del pasado.  Mi época distrída de la vida.

Recientemente mi novio regresó de un viaje.  Estuvo fuera del país, y dentro de sus actividades tuvo que ir en autobús al interior del país.  Viajó de noche en un trayecto de 7 horas en el asiento de tela del camión.  Cuando llegó a su destino, se percató de que tenía una bola roja en la espalda.  Como una cascada de picaduras.   Lo sufrió, pero no hizo nada porque quiso esperar a que lo tratara su aromaterapeuta, regresando a México. Osea, ¡yo!

Primero me sentí muy honrada por este privilegio.  Cuando lo ví, lo primero que hizo fue levantarse la camisa para enseñarme la espalda.

Miré por un segundo y le dije con seguridad: «¡Chinches!»

La experiencia es una cereza sobre un pastel.

Primero me sentí honrada.  Ahora me sentía «chingona».

Pudieron haber pasado meses antes de que se diera cuenta qué le estaba pasando, qué se lo estaba comiendo y por qué no mejoraba.

Aislamos su equipaje en una bolsa negra sellada y lo guardamos en la bodega.  Su maleta cerrada, con todo adentro está todavia en cuarentena.

Saqué mis aceites esenciales y en el frasquito más pequeño que encontré mezclé vigorosamente:

20ml de gel de Aloe Vera
5 gotas de aceite esencial de manzanilla azul
5 gotas de aceite esencial de lavanda y
7 gotas de aceite esencial de árbol de té

Regeneradores, de piel, desinflamantes, anti infecciosos y anti comezón.

Las palabras del en otrora escéptico fueron: Desde el primer día sentí que mejoró.  Se lo seguí aplicando dos veces al día, por cuatro días masajeando largo tiempo con el dedo índice.  Al quinto día no fue necesaria la aplicación.  Solo quedaron 5 puntitos rojos desarmados, deprimidos y sin fuerza.

Chinches: 1, Lugina: 1

Por fin empaté el partido con las desgraciadas.

Me revolcaron aquella vez, años atrás, pero ahora soy aromaterapeuta clínica.  ¡A ver si pueden con eso, chinches!

Si hubiera sabido entonces, la penuria que me hubiera evitado.

…y hablando de bichos truculentos, aquí te dejo un pensamiento muy personal de hace un par de años

 

Lugina

Aromaterapeuta integral apasionada, certificada internacionalmente por AIA y NAHA. Coach estratégico de vida y Practitioner de remedios florales de Bach certificada en Inglaterra, donde inició sus primeros estudios en el ramo holístico desde hace 19 años.  Es emprendedora de negocios digitales e inició SoyAromas en 2016, para convertir la aromaterapia en una experiencia terapéutica emocional, basada en el conocimiento científico de los aceites esenciales. Lugina ama compartir sus conocimientos, viajar, pasar tiempo con la naturaleza, generar negocios en línea, cuidarse física y mentalmente y procurar el bienestar en todas sus vertientes.  Su misión es trabajar con mujeres, brindándoles herramientas de bienestar e inculcándoles la aromaterapia como un estilo de vida, que les ayudará a tener mayor calidad en su presente, aromaterapia de vida, para verse y sentirse mejor.


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