Historias de Lu

Yo no soy bruja

Érase una vez una niña que olvidó avisar a tiempo en casa que al día siguiente debía ir al Kinder disfrazada por ser el día de Halloween. De esto hace ya 41 años, en un reino muy lejano.
Era jueves de ‘Date Night’ para mis papás por lo que esa noche habían ido al cine y regresaban tarde.
Cuando mi mamá volvió a casa encontró en mi lonchera el recado de la teacher diciendo que mañana Lu tenía que ir disfrazada para la celebración de Halloween de la clase.
Como soy la menor de tres, el problema se resolvía como siempre, reciclando lo que ya habían usado mis hermanas. Por eso nunca tuve un par de patines nuevos, ni una bicicleta nueva. El disfraz de Halloween no iba a ser la excepción.
Por alguna razón mi hermana, la del medio, disfrutaba mucho de vestirse de bruja. Recuerdo verla en sus tempranos años escolares, cuando yo aún no empezaba, con su sombrero puntiagudo e incluso con un diente pintado de negro para causar sensación.
Entonces fue momento para mi madre de sacar la escalera y subirse a alcanzar de encima del closet una bolsa con un vestido negro largo que me llegaba hasta el piso.
A mi hermana, cinco años mayor que yo, solía ser protectora conmigo, pero tenía un carácter muy bromista y no desaprovechaba oportunidad de aplicarme lo que hoy se vería como una especie de bullying fraternal. Al verme con su viejo vestido de bruja, le resultó divertido empezar a molestarme cantando constantemente una maldita tonadita:
-«Naaanananaana Lu es una bruja, las brujas son feas, las brujas son malas»
Lo de siempre: Lu la escucha, la mira fijamente, mantiene la mirada en ella pero agacha la cabeza, extiende el labio inferior, contrae el labio superior, nudo en la garganta, y yo a llorar.
«¡Cállese! ¡Yo no soy bruja! ¡Cálleseeeee!»
Y se arma el bochinche.
Al ver el éxito obtenido, mi hermana empieza a cantar el tema más fuerte y ahora también a bailarlo.
«¡Yo no quiero ser bruja!» Gritaba yo a mi madre en sollozos de llanto puro y verdadero.
-«No Lu, no hagas caso», me consolaba y me abrazaba ella mientras se volteaba hacia mi hermana: «¡Callate, pesada!»
-«¡YO NO QUIERO SER BRUJAAAAA!», gritaba Lu desconsolada.
Y mi hermana:
-«Naanananaana, las brujas son feas, las brujas son malas.»
Y mi madre, subiendo el tono para hacerse oir por sobre mis gritos:
-«Lu, no todas las brujas son malas y feas. También hay brujas buenas y lindas, como Samantha La Hechicera que tanto te gusta, también como las hadas.»
Y mi hermana:
«-Naaaaanananaaaana, las brujas son feas, las brujas son malas.»
Frente a aquella tempestuosa situación y mi corazón destrozado, ante la posibilidad de ser mala y fea como una bruja, mi mamá tuvo una idea que por fin pareció interesarme, así que la escuché en silencio, aunque todavía tenía toda mi carita roja, empapada y me faltaba la respiración.
-«Te vamos a disfrazar de Bruja Buena. Esas son muy lindas. Son como hadas»
Mi hermana:
-«Es mentira, no existen las brujas buenas.»
¡Y dale!
Mi mamá:
«-Si existen. Salen en las películas que papi y yo vamos a ver al cine.»
Decidí confiar.
Así que en pocos minutos habíamos vuelto la mesa del comedor de mi casa un taller de costura para Brujas Buenas.
A mi hermana, que había echado a andar toda aquel drama le tocó recortar y recortar, decenas de estrellitas de opalina de colores. Fuscia, turquesa, naranja, amarillo, verde, y morado. Yo les pegaba lentejuelas del color de la estrellita, untando mis deditos en un poquito de Resistol blanco, y mi mamá se las cosía al vestido negro largo que había sido el disfraz de bruja despreocupada de mi hermana.
Cortamos del árbol de limón una ramita que iba a ser mi varita mágica, forrada de papel crepé anaranjado y con una estrella grande morada, llena de lentejuelas en las puntas.
Terminamos las estrellas como a la media noche y nos fuimos a dormir. Mi mamá se quedó cosiendo y armando la varita.
Del sombrero ni hablemos. Les dejé a las dos en claro que no me lo pensaba poner ni siquiera para probármelo y mi decisión de niña de 4 años, era determinada e irrefutable.
A la mañana siguiente me levanté un poco cansada de la noche larga.
Pero había llegado el momento.
Mi varita mágica y mi vestido negro de Bruja Buena lleno de estrellas de colores estaban listos.
Ese día mi mamá me fue a dejar al Kinder y yo debuté en Halloween escolar vestida de Bruja Buena, con varita y sin sombrero.
Llegamos a la entrada de mi salón y cuando la teacher me vio exclamó emocionada: -«¡Una Brujita!»
Yo miré a mi mamá con un gesto desesperado de ¡explicale! pero no fue necesario, mi mamá ya estaba interrumpiendo a la teacher con ojos de angustia: «¡BRUJA BUEEEENA!»
-«Claro, una Brujita Buena», me dijo la teacher y me hizo pasar al salón con un guiño y una caricia en la cabeza.
Ese día no faltó el desubicado que me llamara bruja, sin entender lo que significaban las estrellas coloridas de mi disfraz. Pero sin drama yo les corregí, uno a uno: «Bruja Buena», «Bruja Buena.»
Curiosamente mi mejor amiga se había disfrazado de bruja a secas, con todo y sombrero, y parecía llevarlo bien. Eso pareció alivianar mi estado de alerta ante cualquier comentario errado sobre mi disfraz.
Al final logré pasar un lindo día en la fiestita de Halloween. Llegué a casa muy contenta y llena de dulces. Por supuesto lo primero que hice fue sacarme el vestido que se fue arriba del closet y nunca más se usó.
Últimamente, aquí en México me he topado con chicas que a modo de solidaridad femenina, por la aromaterapia,  o porque soy una persona intuitiva, o incluso porque hago mezclas de aceites esenciales y cremas y ungúentos naturistas, me han llegado a llamar bruja o brujita.   Tampoco faltó algún desubicado que me dijera que lo hechicé.  Da igual el cariño con el que lo hayan hecho. Yo sigo rechazando el calificativo de manera enfática, al día de hoy, como un acto reflejo que me quedó de la niñez: «¡YO NO SOY BRUJA!», les digo.
-«Ay, es broma.»
-«Todo bien, pero ¡YO NO SOY BRUJA!»
Siento que si me dejo sería deshonrar a aquella Lu que lloró toda la noche por defender su postura y a mi madre, que cosió estrellitas de colores hasta la madrugada para apoyarme.

Opuesto a los berrinches, ahora te invito a leer tips sobre inteligencia emocional.

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