Historias de Lu

Vidrios rotos

Sucede que, en esto que les estoy contando, andaba yo con una amiga tomando algo de noche por ahí en un lindo lugar de moda. Cuando llegamos había tanta gente que no fue posible encontrar mesa, así que nos quedamos paraditas charlando al lado de la barra.
La gente pasaba queriendo entrar y queriendo salir. Es decir, la marea me llevaba para adelante y para atrás, similar a cuando te metes al mar pero te quedas en la orillita. A no más de cinco minutos de haber llegado, entre la marejada sentí a alguien pasear su mano por mi espalda, de lado a lado, y luego continuar su recorrido por mi brazo. Cuando me volteé en actitud defensiva me di cuenta que era un mesero que, llevando una bandeja con bebidas en la otra mano, no quería tropezar conmigo, sin embargo todo el recorrido que hizo por mi espalda y brazo me pareció absolutamente innecesario, alevoso y fuera de lugar por lo que con un movimiento un tanto brusco de mi brazo, y mi cara de qué te pasa, lo mandé a rozar a su abuela. Mi amiga se sorprendió un poco por mi actitud confrontativa para con esa persona. Cierto, no había sido gran cosa, pero a mí me pareció invasivo y quise poner mis límites. Puede que mi respuesta hubiera sido un tanto agresiva, así que decidí relajarme y fluir. Seguí charlando con mi amiga, y conforme pasaba la noche nos dimos cuenta de que al lado nuestro había una pareja sentada en una mesa para cuatro personas. Él lucía considerablemente mayor que ella y en bastante mal estado, no solo porque proyectaba la imagen de una persona muy desagradable, sino además porque estaba muy tomado. Esto se notaba en sus ojos a medio abrir. Ella, jovencita y con el cabello rubio platino, excepto por sus raíces negras, tenía la cara hundida en su celular. Parecía no tener el más mínimo interés en si él vivía, y él, bebía. En algún momento, el hombre borracho, con su voz destramada y su dicción fuera de control, intentó decirle a mi amiga que nos sentáramos a su mesa, o al menos que podíamos posar nuestras bebidas ahí, a lo cual mi amiga, lo diplomática que en efecto es, declinó con mucha amabilidad.
Siguió la noche y siguió la charla. La marea de gente nos seguía empujando hacia el fondo del bar para luego empujarnos de nuevo a la costa, y como es de esperarse algunos peces que pasan empujan más que otros, rozan más que otros, o al menos pasan ocupando más espacio, pero todo bien. De repente en una marejada siento que algún pez me roza levemente la cola. Volteo y no alcanzo a ver quién fue pero, por si las moscas, el antes mencionado mesero no se encontraba ni cerca. Me volteo y sigo charlando con mi amiga mientras mentalmente me pido a mí misma: Relájate Lu, nadie te quiere agarrar el cujusto en ese momento siento que una mano se agarra de mi cola y alcanzo a girar la cabeza buscando al dueño de la manga blanca que acaba de soltarme el trasero, para encontrar el brazo que la manga cubría, pegado al cuerpo del hombre borracho de la mesa de al lado, con ojos a medio abrir, del ofrecimiento de mesa, de discurso indescifrable que andaba con la Rubia Platino de raíces negras, con cara hundida en el teléfono. En ese momento, se manifiesta en mi la ira de la profundidad de los mares y de la profundidad de los bares, que había empezado hacía un rato, con el roce del mesero, pero ahora exponencializada, y sin pensarlo, nada más porque no hay derecho y no voy a ser yo la que se deje, me le voy encima al desagradable tipo, agarrándole el brazo y empujándoselo lejos de mí. A partir de ese momento la escena empieza a transcurrir en cámara lenta. La música y los ruidos del bar se fusionan en un solo sonido de un disco de vinilo leído en las revoluciones equivocadas. Ante mi leve, o quizás no tan leve, empujón en el brazo el hombre, antes cómodamente sentado en su silla, se balancea un poco hacia el lado, solo un poco, pero está tan borracho que esto hace que empiece a perder el equilibrio, o no, o si, o no, no se sabe, parece que lo logra controlar, o no. -Mi empujón no fue para tanto, pienso. -¿Se va a caer en serio? me pregunto. Nooo! Siiiii! Todo en cámara lenta. El tipo claramente enojado y luchando por su vida que en ese momento se proyectaba en el hecho de si lograría permanecer sobre la silla o no, miró indignado a su acompañante, la Rubia Platino con raíces negras, con la cara hundida en el teléfono, que no se había percatado de nada, por seguramente estar leyendo el blog de «25 y Contando», y le grita: eeeeey! Ella ni se mueve, y entonces una vez más y con más fuerza: EEEEEEEY! Ante toda esa escena yo me adelanto a los hechos con mi imaginación y mi cabeza empieza a visualizar al hombre cayendo de la silla y la silla cayéndole encima. Ante la falta de atención de la Rubia Platino, me debato por un momento entre si agarrarlo yo misma de la manga blanca para que no termine de caer. -Pero me agarró el culo, pienso, y retiro mi brazo que ya iba en su auxilio. De repente miro que el hombre aferrado a no caerse se abraza a la mesa alta del bar, hecha de vidrio que empieza a irse para abajo con él expulsando los vasos, copas y botellas que estaban sobre ella y alertando, con el estruendo del quebradero, a todo el bar de aquello que estaba sucediendo. La seguridad se empieza a acercar, todo en cámara lenta, yo visualizo en mi imaginación la mesa de vidrio terminar de caer y quebrarse sobre el tipo, partiéndolo en dos con los vidrios rotos y a los guardias venir contra mí por haber provocado aquella terrible situación, y decido salvar, a la mesa y a mí, de esa fatidica escena. Me agarro de ella con toda mi fuerza, y capaz que sacudo un poco hasta que la gravedad termina de hacer lo suyo con el hombre, y yo regreso la mesa a su posición vertical intacta, y ahora vacía.
En dos segundos los polis levantan al tipo y ya hay un chico trapeando y limpiando los vidrios del piso. El hombre se levanta contra mí y me dice: ¿Qué te pasa? Como Señorita Rottermeier con los ojos y los agujeritos de la nariz muy abiertos, el puño cerrado y el dedo índice muy rígido y levantado me inclino con mi cara severa sobre él, índice hacia su nariz y le digo: -No tienes derecho a tocarme el culo.
El borracho se defiende como niño de escuela:
-Yo no te toqué, alguien pasó.
-Yo te vi perfectamente hacerlo y -no -tie -nes -de -re -cho.
De repente la Rubia Platino de raíces negras levanta la cara, guarda el teléfono, se baja de la silla, toma su bolso y nos dice a mí y a mi amiga:
-Una disculpa chicas, este tipo es mi cliente, pero así de borracho ya mejor me lo llevo de aquí.
Mi amiga y yo nos miramos perplejas. En esta vida hay de todo.
A mí me temblaban las piernas y la manita izquierda en la cual aún sostenía, a la altura de mi cara, una copa de Chardonnay con el contenido intacto, sin haber derramado una gota.
Volteo de regreso a mi amiga. Ella me dice: -Yo lo vi agarrarte. Lo vi todo. ¡Muy bien Lu!
Con la mano derecha, que me queda libre, extendida sobre centro del pecho respiro profundo, retomo la calma y mirándola todavía un poco asustada sigo con mi amiga nuestra charla interrupta:
-Ah, te decía…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.